El ciudadano común ha seguido, con cierta aprensión, las vicisitudes de la sanción de la ley de salud reproductiva. Es que las manifestaciones de representantes religiosos por un lado, y de los legisladores por el otro, parecieran enfrentar dos enfoques moralmente irreconciliables.
CONCEPCIONES ÉTICAS. La religión propone un dogma de fe que responde a una necesidad de lo infinito, a una aspiración de lo absoluto. En él se cree, no se discute. Lo importante es “obrar como se debe”, y confía los resultados en manos de Dios. Su práctica corresponde a la ética de la convicción (1).
El legislador optó, en este caso, por la ética de la responsabilidad (1). Es responsable por las consecuencias de las normas que sanciona. No puede, no debe, desconocer la realidad en la cual se impondrá su obra (muertes relacionadas con el embarazo de niñas y adolescentes, abortos y muertes por abortos, infecciones de transmisión sexual, SIDA, etc.).
Estas dos concepciones éticas son radicalmente distintas; una se ocupa del destino del alma y la otra de las demandas del presente.
Pero, si aceptamos que, de todas las cosas buenas que están bajo el cielo, hay una sola irrestrictamente buena y esa es “la buena voluntad”(1), interpretaremos que, con “buena voluntad”, ambos grupos responden al imperativo sagrado de un mismo fin moral, sin contradicciones: el de preservar la vida.
LA CIENCIA. Es verdad que no se sabe, a ciencia cierta, si los anticonceptivos son abortivos o no, si el preservativo es aceptable o no pero, hasta ahora, son los métodos que nos ha dado la ciencia.
Decimos hasta ahora pues los reclamos que permanentemente plantea la ética de la convicción, impulsa a los investigadores a la búsqueda incansable para un mejor cuidado de la vida. Sin embargo, la propuesta que realiza la ética de la convicción puede acarrear daños irremediables si su visión es sólo hacia el futuro.
EL FUTURO. Por otro lado, es un logro que nuestros legisladores asuman las consecuencias de sus acciones. No obstante, su obrar no puede, no debe, estar limitado al ahora. Si se piensa en los anticonceptivos y en el preservativo para paliar los problemas del presente, tratando sólo sus consecuencias, no podrán impedir que, en el futuro, el mal crezca a dimensiones inmanejables, como está ocurriendo con el SIDA en países vecinos al nuestro.
LA EDUCACIÓN DE PADRES Y MAESTROS. Pero, he aquí, que las expresiones de ambas concepciones morales: la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, coinciden en el camino más importante, en que la solución está en la Educación. Allí, pues, se conjugan el presente y el futuro.
Y en esta conjunción ambos grupos tienen responsabilidades ineludibles pues ambos pueden actuar en forma complementaria.
El grupo de la convicción –y me refiero a quienes difunden las voces de toda religión, de Dios- por el ámbito espiritual en la que se desarrollan, están llamados a impulsar la educación de las familias, de los padres.
El legislador debe actuar, concretamente, con hechos, para que su propuesta de impulsar la educación no sean meras palabras escritas. Es de su ineludible responsabilidad la educación y reeducación –no solo información- de los maestros de los jardines de infantes y de las escuelas.
Para que el Estado no esté ausente, para que la educación de los padres y la reeducación de los maestros sea posible, quienes practican la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad: creyentes y políticos, deben complementar solidariamente sus esfuerzos. Si así fuera, muchos ciudadanos estaríamos prestos a colaborar, por lo menos el que suscribe.
(1) E. Kant, M. Weber |